La mayoría de las empresas y de los líderes empresariales están acostumbrados a pensar en términos de ciclos. En épocas de bonanza, cuando la economía subyacente es sólida y el crecimiento estructural actúa como viento de cola, la fortuna favorece las inversiones audaces. Por el contrario, cuando llega una recesión o se vislumbra en el horizonte, la sabiduría convencional dicta que las empresas deben ajustar sus gastos en consecuencia.
Dada la posible gravedad de una recesión económica mundial tras la COVID-19, la decisión que deben tomar las empresas parecería clara. Sin embargo, este no es un ciclo normal y no podemos recurrir a las estrategias tradicionales.
En cambio, las organizaciones deben reconocer que no hay una única prioridad absoluta, sino dos. La clave no está en elegir entre el ataque y la defensa, sino en abordar ambos en paralelo.
La primera prioridad es evidente. La coyuntura económica está empeorando y las empresas necesitan reducir sus costes.
Incluso antes de que estallara la pandemia, la confianza de la alta dirección ya era baja. Según una reciente encuesta de PwC a consejeros delegados de todo el mundo, solo el 25 % confiaba plenamente en el crecimiento de los ingresos para 2020, la proporción más baja en los 11 años de historia del estudio.
Mientras los departamentos financieros evalúan el impacto empresarial a medio plazo de la COVID-19, la necesidad de mejorar la eficiencia es mayor que en cualquier otro momento desde la última crisis financiera. En algunos ámbitos, el foco ya ha pasado del crecimiento de los ingresos a su conservación, especialmente en los sectores relacionados con el comercio minorista físico.
Aunque todo esto parece debilitar los argumentos a favor de la inversión, las excepcionales circunstancias actuales exigen lo contrario. En apenas unos meses, los comportamientos de clientes y empleados han cambiado de forma radical. La gente trabaja, compra e interactúa digitalmente más que nunca, lo que impulsa el crecimiento del comercio electrónico, la publicidad digital y la tecnología móvil. En todo el mundo, existe una enorme demanda de experiencias digitales fluidas. La ventaja competitiva dependerá cada vez más de la capacidad para satisfacer las necesidades de clientes o empleados virtuales.
Dado que no se pueden eludir ni la inversión ni la búsqueda de eficiencia, las organizaciones deben encontrar nuevas formas de reducir costes y aumentar los ingresos al mismo tiempo. Ambos objetivos deben retroalimentarse. Las inversiones digitales adecuadas no solo deben sentar las bases para el crecimiento de los ingresos, sino que también deben servir como palancas para mejorar la eficiencia y reducir costes.
En última instancia, los procesos de transformación digital verdaderamente eficaces deben ser siempre transversales y romper los silos organizativos. Se debe animar a los distintos departamentos a pensar más allá de sus límites tradicionales, interactuar con las funciones relacionadas y comprender en profundidad cómo su trabajo puede tanto aumentar los ingresos como reducir los costes.
Por ejemplo, esto exigiría que los profesionales de la seguridad tuvieran en cuenta los aspectos técnicos de la solución además de cómo una mejor detección del fraude puede ahorrar dinero o cómo la información basada en datos puede eliminar obstáculos, por ejemplo, en el departamento de marketing. Los líderes tienen la responsabilidad de reducir costes y, al mismo tiempo, aumentar los beneficios y los ingresos. Ya no basta con lograr solo una cosa o la otra.
Un punto de convergencia evidente entre estas dos prioridades es la seguridad de nuestros activos digitales.
A medida que aumenta la actividad en línea y se amplían las huellas digitales, también crece nuestra superficie de ataque global. Incluso antes de que se produjera la pandemia, los datos de Experian mostraban que los casos de apropiación de cuentas móviles se habían duplicado en los últimos cuatro años. Este problema se ve ahora agravado por el fuerte aumento de las brechas y filtraciones de datos, los nuevos patrones de ataque y las estafas de phishing relacionadas con la COVID-19.
Está claro que mejorar la detección es una forma importante de reducir los costes directos e indirectos del fraude, que fácilmente pueden traducirse en pérdidas de millones de dólares. Si se hace bien, también puede impulsar los ingresos. Según el análisis de datos de Shape Security, entre el 10 % y el 15 % de los consumidores en línea no consiguen iniciar sesión en sus cuentas. Solo con mejorar la validación de los usuarios se puede reducir esta cifra y evitar pérdidas significativas de clientes. Incluso retener apenas entre el 5 % y el 7 % de los usuarios que podrían perderse puede marcar una diferencia considerable. En esto consiste precisamente el enfoque interfuncional. En este caso, la medida de una organización para prevenir el fraude también se ha convertido en una herramienta de retención de clientes. Es en estos puntos de convergencia donde se puede obtener el mayor retorno de la inversión.
Hoy en día, es poco probable que un enfoque cíclico tradicional de la inversión sea suficiente en el ámbito de la transformación digital. En su lugar, los responsables de la toma de decisiones deben exigirse más a sí mismos y sacar más partido de sus equipos y sus recursos económicos. Y, lo que es más importante, deben conectar las prioridades, los equipos y los presupuestos para lograr el mayor impacto posible.
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