A medida que las organizaciones avanzan en su proceso de transformación digital y empiezan a depender más de los datos y la analítica, tendrán que replantearse qué es —y qué no es— una aplicación.
Las mitologías antiguas son fascinantes. Bueno, al menos para mí. Me fascinan especialmente las mitologías sincréticas de griegos y romanos. La mitología helenística —la de la Grecia tardía— es un excelente ejemplo de cómo las primeras deidades griegas se transformaron para equipararse con sus homólogas romanas. Diana la Cazadora, una deidad romana y helenística, se corresponde mitológicamente con Artemisa, la antigua diosa griega. Su nombre es distinto, pero desempeñaba la misma función.
Estas múltiples manifestaciones de un mismo personaje también se observan en otras mitologías. En esencia, cada encarnación no es más que un nuevo rostro de un personaje ya existente.
Una realidad similar se da en el mundo digital. Lo que llamamos «aplicaciones» suele ser la encarnación de funcionalidades ya existentes.
Microsoft Word como ejemplo existente
Siempre hemos considerado las aplicaciones como una entidad única, normalmente vinculada a una función empresarial. Microsoft Word es una aplicación centrada en el procesamiento de textos. En su día fue una aplicación monolítica que evolucionó hasta convertirse en una aplicación cliente-servidor y, finalmente, se complementó con una aplicación web.
Pero sigue siendo una única «aplicación», ya que su función empresarial no ha cambiado, aunque esta se haya materializado en diversas arquitecturas.

Los usuarios no tienen por qué verlo así. Se trata de una única aplicación y debe ofrecer las mismas funcionalidades tanto en el ordenador como en el teléfono móvil o en la web. Es fundamental que la interfaz sea coherente en todas sus versiones, independientemente de su implementación arquitectónica.
Ahora, volviendo a nuestra analogía mitológica, si yo fuera un viajero griego en el antiguo mundo helenístico —quizá siguiendo los pasos de Alejandro Magno—, podría esperar razonablemente entrar en un templo de Diana y vivir una experiencia similar a la de un templo de Artemisa. Sigue siendo la cazadora, sigue teniendo bajo su responsabilidad los mismos ámbitos y, en última instancia, la diferencia más sustancial es su nombre.
Lo mismo ocurre cuando paso de la versión web a la de escritorio para trabajar en un documento. La experiencia me resulta familiar. En esencia, la aplicación funciona igual en todas las plataformas.
Fíjate en que he dicho «la aplicación». Porque, a ojos del consumidor, es la misma aplicación, independientemente de cómo se empaquete, implemente y distribuya. Desde el punto de vista tecnológico, lo que llamamos Microsoft Word está compuesto por varias aplicaciones, pero, desde la perspectiva de la experiencia de usuario, solo hay una.
¿Y qué?
A medida que las empresas avancen en su proceso de transformación digital, veremos cómo este viene acompañado de una evolución tecnológica. Uno de esos cambios será la forma en que definimos —y, por tanto, gestionamos y protegemos— las aplicaciones.

Esta visualización nos recuerda la realidad digital en la que operamos: la experiencia del usuario no se limita a una sola aplicación, sino que es la combinación de múltiples aplicaciones.
Al usuario no le importa —ni debería importarle— que la experiencia que disfruta dependa de innumerables aplicaciones, así como de tecnologías de seguridad y entrega de aplicaciones. Al usuario no le importa —ni debería importarle— que esas aplicaciones puedan ser una combinación de aplicaciones personalizadas, tradicionales y modernas, alojadas en diversas ubicaciones en la nube, centros de datos y el perímetro.
La realidad para el usuario es la experiencia digital. La experiencia es más que la suma de sus aplicaciones y las tecnologías que las sustentan.
Dicho esto, aún debemos ser capaces de distinguir entre las estructuras arquitectónicas que conforman «una aplicación» para adaptarnos mejor al cliente y al negocio, ya que ninguno de ellos ve ni tiene por qué preocuparse por la infinidad de componentes operativos que deben encajar e interoperar para ofrecer una experiencia digital extraordinaria.
Cuando la empresa habla de «aplicación», se refiere a la experiencia digital. Se refiere a todo lo que conforma esa aplicación, desde el back-end hasta las tecnologías de entrega y seguridad, pasando por las interfaces de front-end. Si puede afectar de algún modo a la experiencia del usuario, forma parte de la aplicación.
Una de las conclusiones desalentadoras de nuestro estudio anual fue que casi una cuarta parte (24 %) de las organizaciones no aplica acuerdos de nivel de servicio (SLA) relacionados con el estado y el rendimiento de los componentes que amplían (modernizan) las aplicaciones tradicionales. Esto significa que, aunque se haya creado una aplicación móvil para interactuar con aplicaciones tradicionales existentes —quizá funciones empresariales esenciales ya consolidadas—, las organizaciones no necesariamente se preocupan por el rendimiento de la aplicación móvil.
Es una idea preocupante, dado que sabemos que las aplicaciones móviles suelen ser la primera impresión digital que un usuario tiene de una empresa y que los usuarios tienden a eliminarlas tras una sola experiencia de bajo rendimiento.
En última instancia, debemos cambiar nuestra concepción de «una aplicación» para adaptarla a la perspectiva del cliente y reconocer que, hoy en día, una aplicación es en realidad un flujo de trabajo que crea una experiencia. Esto implica múltiples cargas de trabajo integradas y orquestadas, cada una de las cuales debe supervisarse y medirse individualmente, además de supervisarse y medirse como un conjunto integral.
Reconocer que «una aplicación» es una experiencia contribuirá en gran medida a mejorarla y a garantizar el éxito del proceso de transformación digital.
Sobre el autor

Lori MacVittie es ingeniera distinguida y evangelista jefe en la Oficina del CTO de F5, y cuenta con una amplia experiencia en entrega de aplicaciones, estrategia de automatización e infraestructura. Es conocida por convertir la complejidad en claridad, ya sea definiendo mecanismos de protección para agentes de IA, analizando arquitecturas multinube frágiles o explorando los límites de los sistemas escalables. Aporta más de treinta años de experiencia en el sector en desarrollo de aplicaciones, arquitectura de TI y operaciones de redes y sistemas. Antes de incorporarse a F5, fue una galardonada editora de tecnología. MacVittie posee un máster en Informática y es una autora prolífica cuyas publicaciones abarcan la seguridad, la nube y la arquitectura empresarial. También es una apasionada de los juegos de mesa y los videojuegos, y expresa sin complejos sus firmes opiniones sobre el queso.
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